28/03/10

(...)


No tengo ganas de escribir. O bien sí tengo ganas, ¡quién sabe! "Esos tiempos pasaron de cualquier manera", así me digo; digo que no hay razón alguna de estar triste. Y me pregunto --sin demasiada convicción-- si escribir ya era equivalente a haber escrito, si lo posible y lo imposible no son siempre, a fin de cuentas, sino dos objetos de materias distintas cuyo peso está condenado --por ese mecanismo que identifica el milagro a lo absurdo-- a ser el mismo. Hablo al azar, hablo al azar; pienso en cosas idénticas: lo que llamo una historia y el blanco después de ella --allí donde no hay nada qué decir: lo dicho es, por definición, algo que resta... La historia ya es la nada después de ella.

(¡Cómo no haberla amado! ¡esa mañana estaba negra de deseo! No era un fin ni un inicio: era un poema --una canción de cuna para los traidores--, un poema de nuevo y un poema, el que fuera:

Let us go hence, go hence; she will not see.
Sing all once more together; surely she,
She too, remembering days and words that were,
Will turn a little toward us, sighing; but we,
We are hence, we are gone, as though we had not been there.
Nay, and though all men seeing had pity on me,
She would not see.

A.C. Swinburne).